Archivos para Enero, 2008

Historia de un hombre-lobo

2

Un buen camarero

                                                                                                                                                                                                                 Elisabeth, tras un largo trayecto, llegó a las puertas del castillo custodiadas por dos guardias quienes, al verla,  hicieron una breve reverencia mientras abrían la puerta.  Ella pasó indiferente delante de ellos sin corresponder a su saludo, como siempre hacía .

 Mientras caminaba aburrida por los elegantes pasillos, se encontró con su prima Anna que, como de costumbre, coqueteaba con cualquiera que se pasara por allí y mostraba cierto desprecio a todos a los que ella creía “baja categoría social”.

- Hola Anna – Dijo Elisabeth interrumpiéndo así su conversación con el duque Cleyfford.

-Hola Elisabeth – Dijo Anna dejando atrás al duque, quien miraba a Anna con admiración e interés. – ¿Sabes quién es ese?

Elisabeth fingió no saberlo para que así Anna se esmerara en su relato lleno de exageraciones.

-Resulta que el duque Cleyfford ha aceptado a acompañarme al baile de disfraces- Dijo Anna sonriendo arrogantemente- ¿Tú con quién vas a ir?

Elisabeth puso una expresión pensativa.

-No lo sé.

- Mira, yo sé de alguien que se está muriendo de ganas de ir contigo…-Empezó Anna.

-…Si estás hablando de Malcolm, ya puedes dar por zanjado el tema -Acabó Elisabeth enfadada.

Malcolm era otro primo de Elisabeth, quién solía acosarla frecuentemente. El padre de Elisabeth tenía gran confianza en Malcolm, ya que hacía favores a su padre sin esperar nada a cambio, por lo que su padre le repitía que Malcolm era un buen partido y que debía casarse con él. Pero Elisabeth no sentía nada por él, salvo desprecio y asco.

- Por favor Elisabeth, ve con él – Dijo Anna exasperada – Sé que lo estás deseando…

                                                                                                                                                                                                                     El camino hacia el castillo fue muy desagradable. Cada vez que caminaba, notaba dolorosas punzadas en los pies, y él aguantaba para no gritar de dolor.

Cuando llegó, Will trató de eludir a los guardias, ya que si lo descubrían, estarían al tanto de su fuga. Will agarró con las manos un saliente de la fachada y comenzó a trepar forzadamente. Gruesas gotas de sudor le empapaban el rostro debido al esfuerzo. Sus piernas le fallaban y notaba que a sus manos le costaban agarrarse al pequeño saliente al que se había aferrado. Lo único que le animaba era que la ventana ya no parecía tan lejana como antes. Intentó mantener aquel pensamiento vivo en su cabeza. Casi gritando de alegría, se aferró al poyo de la enorme ventana y entró dentro del castillo. Respirando entrecortadamente, alzó el puño al aire e hizo reverencias  a un público invisible, sintiéndose un verdadero héroe.

-¿Qué haces ahí, chico?- Sus fantasías fueron interrumpidas por un hombre de baja estatura y amplia barriga. Tenía una barba poco cuidada y una nariz chata. Will lo reconoció al instante: era el cocinero de todo el castillo. -Necesito que me ayudes, lavaplatos. Muchos de los camareros han caído en una fiebre horrible, necesito personal ahora mismo, esto es crucial…-Dijo el cocinero, muy nervioso.-Harás doble turno -Will lo miró con desconfianza -Te pagaré bien -Aseguró el cocinero- 7  monedas la hora ¿Qué me dices, chico? Es un precio razonable, ¿No?

Will contuvo su emoción. Lo que le iba a pagar aquel hombre en una hora equivalía a su salario mensual.

Will asintió enérgicamente con la cabeza. El cocinero sonrió.

-Gracias, chico, sabía que podía contar contigo-El cocinero le lanzó a Will una afectuosa palmada en la espalda -Bien, limpiáte como sea esa polvareda que tienes en el cuerpo y ponte esto -El cocinero le entregó una especie de uniforme negro.-Date prisa ¿De acuerdo? los señores del castillo no tardarán en llegar.

Will miró entre asombrado y emocionado el uniforme que sostenía entre las manos. Aquello era demasiado increíble, era como un sueño del que Will no quería despertar.

                                                                                                                                                                                                                      -¿Qué te parece el vestido que me he puesto, Anna? -Preguntó Elisabeth, sonriendo de forma muy coqueta.

-¡Me encanta! Creo que es perfecto para llevar a la comida. -Contestó Anna.

Hacía tiempo que habían dejado atrás al duque Cleyfford, para dirigirse a sus respectivos aposentos y prepararse para el banquete rutinario que se celebraba en un comedor de grandes dimensiones.

Mientras bajaban las escaleras, las muchachas tuvieron un encuentro con Lady Eleanor.

Lady Eleanor en realidad no pertenecía genéticamente a la Realeza. Había sido una simple costurera con un negocio en quiebra, pero la suerte le sonrió cuando conoció a un joven muy respetable llamado Leonard Pecket, que trabajaba como soldado, y de soldado comenzó a subir rangos hasta que llegó a tener a una gran patrulla a su servicio. Leonard y Eleanor estaban perdidamente enamorados el uno del otro, pero había a gente que no consideraba bien este hecho, ya que Eleanor pertenecía a una baja categoría social, e intentaba una ruptura entre ambos. Elisabeth y Anna eran unas de esas personas.

Anna miró con asco la holgada ropa que llevaba puesta Eleanor, sin disimular ni lo más mínimo el desprecio que sentía por aquella costurera de poca monta.

-Hola -Saludó Eleanor amistosamente -¿Qué tal?

Éstas no respondieron, sino que mantuvieron el ceño fruncido.

-No sabéis las cosas que he aprendido hoy con sólo leer un libro, ¡Ha sido fascinante…!

-¿Libro?-Escupió Anna entornando los ojos.

-Sí, eso es lo que he dicho, libro- Dijo Eleanor claramente ofendida ante el despectivo comentario de Anna. Sin más miramientos, se marchó.

-¿De qué te sirve un libro?-Preguntó Anna cuando Eleanor ya se había ido-Los libros son para los bichos raros, todo el mundo lo sabe.

Elisabeth hizo un gesto afirmativo, para constar que estaba totalmente de acuerdo con Anna.

                                                                                                                                                                                                                   Will se ajustó la chaqueta y se miró en el reflejo de un cuenco de agua. No parecía él.

-Ven aquí, chico -Le indicó severamente el cocinero -No hables con los que están sentados en la mesa, tú sólo sirves los platos y los recoges de la mesa, nada más ¿Ha quedado claro?

Will asintió algo preocupado. El cocinero se fue con paso decidido y, de pronto, se acercó otro camarero de aspecto amistoso que le dijo:

-Me llamo Rufio, ¿Y tú?

-Yo me llamo Will.

-No deberías hacer caso del todo a Robert, a veces se pone un poco pesado- Dijo éste enseñando una fila de dientes ennegrecidos-De hecho, yo le ofrecí un pastel a uno de los invitados y como recompensa me subieron mucho mi salario…

La mente de Will trabajaba a toda velocidad. Si se ganaba la confianza de los invitados, seguro que tendría para siempre aquel puesto de camarero, y entonces…

Will sonrió enigmáticamente.

                                                                                                                                                                                                         Elisabeth y Anna entraron de forma majestuosa en el comedor, con apenas mobilidad por sus vestidos de estrecha cintura y amplias copas. Observaron que Lady Eleanor seguía llevando aquel repugnante vestido e iba agarrada del brazo de su marido, Leonard, quién en aquellos momentos le susurraba algo al oído, y ella a continuación soltaba una sonora carcajada.

Elisabeth y Anna hicieron caso omiso a aquello y se sentaron una en frente de la otra, conteniendo la ira que sentían hacia la costurera.

                                                                                                                                                                                                                 Will agarró la bandeja que le tendían llena exóticos manjares.

Por fin llegó el momento.

Los camareros salieron en fila de la cocina , y en un disciplinado orden, fueron repartiendo la comida, que ante la tenue luz de de las velas, resultaba exquisita.

Will, al repartir el plato a una joven dama, la dama, ante la perplejidad de él, le agradeció aquel humilde gesto. Will le sonrió, y puso en marcha aquel estupendo plan.

-Gentil dama, ¿No querrá usted algún pastelillo?

Todos los que estaban comiendo en aquellos momentos se atragantaron, unos se llevaron la mano a la boca, sorprendidos ante tal insolencia, otros soltaron una exclamación ahogada, e incluso hubo una señora mayor que se desmayó.

Will no comprendía. Miraba a una lado y otro desconcertado, pues ¿No se suponía que aquello era lo que les gustaba? Mientras él se iba a la cocina a buscar el pastelillo, los murmullos fueron en aumento.

                                                                                                                                                                                                              Elisabeth no daba crédito a aquello. ¿Cómo se atrevía aquel apestoso camarero a hablarle a una noble, aunque esa noble sólo fuera la repelente Eleanor? Anna ya había empezado a murmurar escandalizada y Eleanor, simplemente, se limitaba a esperar con impaciencia el pastelillo. Estaba tardando demasiado aquel camarero sólo para coger aquel pequeño obsequio,… Elisabeth supuso que en el camino habría surgido algo imprevisto…

                                                                                                                                                                                                                        -¡Maldito hijo de tu madre!-Bramó el cocinero con la cara roja como un tomate -¿Te estás riendo de mí, verdad? ¡pues con Robert no se bromea! ¡Te vas a enterar, cuando descargue mi ira sobre ti, serás pasto para los lobos! ¿Qué pasa, eh? Quieres reírte del viejo Robert ¿Eh? -Will dirigió una mirada  a la cocina, y, descubrió con una horrible sensación que Rufio estaba detrás de Robert con una sonrisa maligna dibujada en su curtido rostro.-¡Te vas a enterar! ¡Yo no me ablando con nada!

Robert sacó de sus pantalones un cinturón que presentaba unas duras hebillas de hierro. Will se acurrucó en en suelo, puso sus brazos en torno a sus rodillas, y hundiendo su rostro, deseó que aquella tortura no durara mucho.

                                                                                                                                                                                                                      De repente, Eleanor se levantó algo molesta de su silla. Elisabeth le siguió con la mirada, algo turbada. ¿Qué pretendía hacer ahora Eleanor?

Eleanor se dirigía a paso firme hacia las cocinas. A Elisabeth le picaba la curiosidad y, sin más dilación, también entró en la cocina para enterarse de todo y después comentarlo con Anna.

                                                                                                                                                                                                         Will gimió al notar como aquellas espantosas hebillas le golpeaban una y otra vez, produciéndole un dolor penetrante por todo el cuerpo. Y de pronto paró.
Will oyó una voz de mujer muy enfurecida:

-¡Bastardo! ¡Vuelve a tocar a este muchacho, y yo misma me encargaré de dejar que una tropa de soldados te aniquile!

Will levantó la cabeza y vio a la misma mujer a la que le había ofrecido el pastelillo. Estaba sumamente agradecido. Temblorosamente Will se levantó y cogió de la mesa un pastelillo y se lo entregó a la mujer, a quién se le habían empañado los ojos en lágrimas.

Will oyó un ruido de la puerta, y giró su cabeza en aquella dirección. Allí vio a una muchacha conocida… juraría haberla visto alguna vez… entonces la reconoció: era la bonita muchacha del bosque.
Con desconcierto comprobó que Elisabeth no lo había reconocido .

Con todas aquellas emociones todavía a flor de piel, y con aquellas dolorosas punzadas que sentía en el costado, Will perdió el sentido.

                                                                                                                                                                                                             Marta Echániz

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HARRY POTTER Y LA ORDEN DEL FENIX

El otro día, unas amigas y yo, fuímos a ver una película a mi casa. Como no nos decidíamos por ninguna, elegimos esta, porque no la habiamos visto; Esta es ya la quinta entrega de la saga de la escritora J.K. Rowling. La película trata sobre un niño mago llamado Harry, que como un año más, acude a la escuela de magia y hechicería de Hogwarts. Este año, como los demás, le suceden diversas aventuras con sus amigos Ron y Hermione. Después de terminar la película a mis amigas les pareció buena, pero a mi me decepcionó porque me había leído el libro y no se parecia mucho al film. De todas formas es una buena película, por eso, os la recomiendo a quiénes no os hayaís leído el libro y a las que sí, mejor que no la veaís porque os decepcionará. 

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¡Que vienen las gaviotas!

Os voy a contar una anécdota que nos sucedió a mi padre y a mí este verano mientras visitábamos el Parque Nacional de Acadia (Maine)

Tras llevar unas horas andando en bicicleta por el parque, llegamos por fin a nuestro destino: una playa que era conocida por tener la arena rosa. Mi Padre comentó que tenía hambre y decidimos sacar los bocadillos para comer. Al mismo tiempo, otros turistas sacaron los suyos y luego, de repente, todas las gaviotas en las que no nos habíamos fijado, vinieron volando hacia nosotros. Todas se dirigieron hacia la comida. A mi padre se le puso una en el hombro y se acercó para comerse su bocadillo . Además le regaló un golpe en la cara con su ala derecha. Tardamos bastante en espantar a las gaviotas hambrientas y tuvimos que ir todos los turistas a comer al bosque que había al lado de la playa, donde ya no nos podrían ver. 

Más tarde preguntamos a un guía si esto pasaba frecuentemente y nos dijo que las gaviotas no tienen acceso donde van todos los peces y por lo tanto se peleaban mucho cuando salía un pez a zona descubierta.  No había pasado antes pero quedó demostrado lo hambrientas, desesperadas que estaban por comer.

María Galíndez

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Brat Farrar

Brat Farrar es un libro en inglés que me gustaría recomendaros.

Brat Farrar es un huerfano. Un día, paseando por la calle, un hombre, Alec Loding, le confunde con su amigo Simón Ashby. es un chico que pronto cumplira los 21. Al desaparecer el gemelo de Simón, Patrick,  Simón se convierte en el primogenito y heredero de la fortuna familiar. Pero como Brat Farrar se parece tanto a el gemelo desaparecido, a Alec Loding se le ocurre hacer pasar a Brat por Patrick Ashby. Y una vez que Brat haya heredado la fortuna, repartirla con el a partes iguales.

El plan habría salida a la perfección si no fuera por el terrible secreto que envuelve a el apellido Ashby y que pronto hará olvidar a Brat el dinero y preferir averiguar la verdad y luchar por el honor de su nueva familia.  

Espero que lo disfrutéis, se lee enseguida y la trama es fácil de seguir.

Begoña Garcia Iturbe

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Historia de un hombre-lobo

 1

Will

Allí estaba el ciervo, indefenso. Elisabeth apretó los dientes mientras tensaba el arco y se hacía daño en sus delicados dedos, entumecidos debido al frío de aquella temprana mañana.

Soltó con fuerza el arco, que en un último momento  se vio desviado por un pequeño ruido que la sacó de su concentración. El ciervo, alertado del peligro, salió corriendo hasta que a Elisabeth no le dio la vista para poder seguirle con la mirada.

-¡Maldita sea!- Gritó ella furiosa

Oyó un crujido de ramas y observó que un arbusto sehabía agitado un poco. <<¡Ajá!>> pensó esta con una sonrisa maliciosa << Así que eso me ha hecho fallar…>>

Se acercó con paso decidido a aquel arbusto. Asió con fuerza el arco y puso otra flecha, y, apuntando directamente a aquel arbusto, declaró con el tono más frivolo que fue capaz de articular:

-Seas quien seas, como no salgas de detrás de ese arbusto, dispararé con todas las flechas que crea convenientes para que reciba su merecido.

El arbusto volvió a agitarse. De él salió un chico, más o menos de la edad de Elisabeth, pero un palmo más alto. El joven vestía harapos y estaba sucio. No llevaba zapatos, y desde aquella distancia Elisabeth pudo observar que tenía los pies llenos de heridas, la mayoría infectadas, debidas a la falta de uso de zapato. Sin embargo, el rostro  del chico era hermoso. Tenía el pelo corto del color de la miel y los ojos de un verde intenso. Por un momento se olvidó de sus andrajosas ropas y se quedó contemplando aquel rostro tan bonito, tan perfecto…

Ella misma se dio cuenta de que lo estaba mirando boquiabierta,  así que le lanzó una de sus miradas asesinas para advertirlo de que aquello iba en serio.

-¿Qué estás haciendo?  Por tu culpa he perdido a mi presa – Le recriminó ella haciendo un gesto de desagrado.

- Y-yo…-balbuceó él nervioso.

Elisabeth dedujo sus intenciones.

-Así que me estabas espiando ¿Eh?- dijo ella amenazadoramente, sin apartar el arco del muchacho.

-¡Por favor no me mates!- Suplicó él – ¡Haré lo que sea!

Elisabeth contempló perpleja como el muchacho se echaba de bruces en el suelo e imploraba por su vida.  

Ella no pudo evitar sentirse culpable, así que, con voz firme, dijo: 

-No hagas eso.- El chico dejó hacerlo automáticamente. - ¿sabes algo de tiro con arco?

Éste negó con la cabeza.

-¿Tienes algún tipo de… cualidad?- dijo Elisabeth sin poder evitar poner un tono sarcástico en su voz.

Él sonrió ampliamente.

- Dibujo.- a continuación, con cierta  precaución, se acercó a Elisabeth para enseñarle unos pergaminos que sacó de su bolsa de cuero.

Elisabeth contempló absorta el trabajo del chico. En todos los dibujos aparecía ella con el arco, de diferentes posturas. El trazado era limpio y cortante, pero las expresiones faciales sí que eran su punto fuerte.

-oh – fue lo único que pudo decir ella, ya que se había quedado en blanco. Hacía tiempo que había dejado caer el arco al suelo.  

-Estos son sólo simples borradores…-Empezó él.

-Vale.-repuso ella -Haremos un trato: tú me enseñas a dibujar y yo te enseño a cazar como es debido.-Elisabeth sonrió- ¿Trato hecho?

Éste asintió tratando de contener su alegría. 

-Una última cosa… ¿Cómo te llamas?

-Me llamo Will.

-Bien, Will, mañana nos vemos aquí más o menos cuando amanezca ¿de acuerdo? – Dijo ella algo cortante.

Will trató de preguntarle como se llamaba, pero Elisabeth ya se había ido.

Marta Echániz                     

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