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Will
Allí estaba el ciervo, indefenso. Elisabeth apretó los dientes mientras tensaba el arco y se hacía daño en sus delicados dedos, entumecidos debido al frío de aquella temprana mañana.
Soltó con fuerza el arco, que en un último momento se vio desviado por un pequeño ruido que la sacó de su concentración. El ciervo, alertado del peligro, salió corriendo hasta que a Elisabeth no le dio la vista para poder seguirle con la mirada.
-¡Maldita sea!- Gritó ella furiosa
Oyó un crujido de ramas y observó que un arbusto sehabía agitado un poco. <<¡Ajá!>> pensó esta con una sonrisa maliciosa << Así que eso me ha hecho fallar…>>
Se acercó con paso decidido a aquel arbusto. Asió con fuerza el arco y puso otra flecha, y, apuntando directamente a aquel arbusto, declaró con el tono más frivolo que fue capaz de articular:
-Seas quien seas, como no salgas de detrás de ese arbusto, dispararé con todas las flechas que crea convenientes para que reciba su merecido.
El arbusto volvió a agitarse. De él salió un chico, más o menos de la edad de Elisabeth, pero un palmo más alto. El joven vestía harapos y estaba sucio. No llevaba zapatos, y desde aquella distancia Elisabeth pudo observar que tenía los pies llenos de heridas, la mayoría infectadas, debidas a la falta de uso de zapato. Sin embargo, el rostro del chico era hermoso. Tenía el pelo corto del color de la miel y los ojos de un verde intenso. Por un momento se olvidó de sus andrajosas ropas y se quedó contemplando aquel rostro tan bonito, tan perfecto…
Ella misma se dio cuenta de que lo estaba mirando boquiabierta, así que le lanzó una de sus miradas asesinas para advertirlo de que aquello iba en serio.
-¿Qué estás haciendo? Por tu culpa he perdido a mi presa – Le recriminó ella haciendo un gesto de desagrado.
- Y-yo…-balbuceó él nervioso.
Elisabeth dedujo sus intenciones.
-Así que me estabas espiando ¿Eh?- dijo ella amenazadoramente, sin apartar el arco del muchacho.
-¡Por favor no me mates!- Suplicó él – ¡Haré lo que sea!
Elisabeth contempló perpleja como el muchacho se echaba de bruces en el suelo e imploraba por su vida.
Ella no pudo evitar sentirse culpable, así que, con voz firme, dijo:
-No hagas eso.- El chico dejó hacerlo automáticamente. - ¿sabes algo de tiro con arco?
Éste negó con la cabeza.
-¿Tienes algún tipo de… cualidad?- dijo Elisabeth sin poder evitar poner un tono sarcástico en su voz.
Él sonrió ampliamente.
- Dibujo.- a continuación, con cierta precaución, se acercó a Elisabeth para enseñarle unos pergaminos que sacó de su bolsa de cuero.
Elisabeth contempló absorta el trabajo del chico. En todos los dibujos aparecía ella con el arco, de diferentes posturas. El trazado era limpio y cortante, pero las expresiones faciales sí que eran su punto fuerte.
-oh – fue lo único que pudo decir ella, ya que se había quedado en blanco. Hacía tiempo que había dejado caer el arco al suelo.
-Estos son sólo simples borradores…-Empezó él.
-Vale.-repuso ella -Haremos un trato: tú me enseñas a dibujar y yo te enseño a cazar como es debido.-Elisabeth sonrió- ¿Trato hecho?
Éste asintió tratando de contener su alegría.
-Una última cosa… ¿Cómo te llamas?
-Me llamo Will.
-Bien, Will, mañana nos vemos aquí más o menos cuando amanezca ¿de acuerdo? – Dijo ella algo cortante.
Will trató de preguntarle como se llamaba, pero Elisabeth ya se había ido.
Marta Echániz