Historia de un hombre-lobo

2

Un buen camarero

                                                                                                                                                                                                                 Elisabeth, tras un largo trayecto, llegó a las puertas del castillo custodiadas por dos guardias quienes, al verla,  hicieron una breve reverencia mientras abrían la puerta.  Ella pasó indiferente delante de ellos sin corresponder a su saludo, como siempre hacía .

 Mientras caminaba aburrida por los elegantes pasillos, se encontró con su prima Anna que, como de costumbre, coqueteaba con cualquiera que se pasara por allí y mostraba cierto desprecio a todos a los que ella creía “baja categoría social”.

- Hola Anna – Dijo Elisabeth interrumpiéndo así su conversación con el duque Cleyfford.

-Hola Elisabeth – Dijo Anna dejando atrás al duque, quien miraba a Anna con admiración e interés. – ¿Sabes quién es ese?

Elisabeth fingió no saberlo para que así Anna se esmerara en su relato lleno de exageraciones.

-Resulta que el duque Cleyfford ha aceptado a acompañarme al baile de disfraces- Dijo Anna sonriendo arrogantemente- ¿Tú con quién vas a ir?

Elisabeth puso una expresión pensativa.

-No lo sé.

- Mira, yo sé de alguien que se está muriendo de ganas de ir contigo…-Empezó Anna.

-…Si estás hablando de Malcolm, ya puedes dar por zanjado el tema -Acabó Elisabeth enfadada.

Malcolm era otro primo de Elisabeth, quién solía acosarla frecuentemente. El padre de Elisabeth tenía gran confianza en Malcolm, ya que hacía favores a su padre sin esperar nada a cambio, por lo que su padre le repitía que Malcolm era un buen partido y que debía casarse con él. Pero Elisabeth no sentía nada por él, salvo desprecio y asco.

- Por favor Elisabeth, ve con él – Dijo Anna exasperada – Sé que lo estás deseando…

                                                                                                                                                                                                                     El camino hacia el castillo fue muy desagradable. Cada vez que caminaba, notaba dolorosas punzadas en los pies, y él aguantaba para no gritar de dolor.

Cuando llegó, Will trató de eludir a los guardias, ya que si lo descubrían, estarían al tanto de su fuga. Will agarró con las manos un saliente de la fachada y comenzó a trepar forzadamente. Gruesas gotas de sudor le empapaban el rostro debido al esfuerzo. Sus piernas le fallaban y notaba que a sus manos le costaban agarrarse al pequeño saliente al que se había aferrado. Lo único que le animaba era que la ventana ya no parecía tan lejana como antes. Intentó mantener aquel pensamiento vivo en su cabeza. Casi gritando de alegría, se aferró al poyo de la enorme ventana y entró dentro del castillo. Respirando entrecortadamente, alzó el puño al aire e hizo reverencias  a un público invisible, sintiéndose un verdadero héroe.

-¿Qué haces ahí, chico?- Sus fantasías fueron interrumpidas por un hombre de baja estatura y amplia barriga. Tenía una barba poco cuidada y una nariz chata. Will lo reconoció al instante: era el cocinero de todo el castillo. -Necesito que me ayudes, lavaplatos. Muchos de los camareros han caído en una fiebre horrible, necesito personal ahora mismo, esto es crucial…-Dijo el cocinero, muy nervioso.-Harás doble turno -Will lo miró con desconfianza -Te pagaré bien -Aseguró el cocinero- 7  monedas la hora ¿Qué me dices, chico? Es un precio razonable, ¿No?

Will contuvo su emoción. Lo que le iba a pagar aquel hombre en una hora equivalía a su salario mensual.

Will asintió enérgicamente con la cabeza. El cocinero sonrió.

-Gracias, chico, sabía que podía contar contigo-El cocinero le lanzó a Will una afectuosa palmada en la espalda -Bien, limpiáte como sea esa polvareda que tienes en el cuerpo y ponte esto -El cocinero le entregó una especie de uniforme negro.-Date prisa ¿De acuerdo? los señores del castillo no tardarán en llegar.

Will miró entre asombrado y emocionado el uniforme que sostenía entre las manos. Aquello era demasiado increíble, era como un sueño del que Will no quería despertar.

                                                                                                                                                                                                                      -¿Qué te parece el vestido que me he puesto, Anna? -Preguntó Elisabeth, sonriendo de forma muy coqueta.

-¡Me encanta! Creo que es perfecto para llevar a la comida. -Contestó Anna.

Hacía tiempo que habían dejado atrás al duque Cleyfford, para dirigirse a sus respectivos aposentos y prepararse para el banquete rutinario que se celebraba en un comedor de grandes dimensiones.

Mientras bajaban las escaleras, las muchachas tuvieron un encuentro con Lady Eleanor.

Lady Eleanor en realidad no pertenecía genéticamente a la Realeza. Había sido una simple costurera con un negocio en quiebra, pero la suerte le sonrió cuando conoció a un joven muy respetable llamado Leonard Pecket, que trabajaba como soldado, y de soldado comenzó a subir rangos hasta que llegó a tener a una gran patrulla a su servicio. Leonard y Eleanor estaban perdidamente enamorados el uno del otro, pero había a gente que no consideraba bien este hecho, ya que Eleanor pertenecía a una baja categoría social, e intentaba una ruptura entre ambos. Elisabeth y Anna eran unas de esas personas.

Anna miró con asco la holgada ropa que llevaba puesta Eleanor, sin disimular ni lo más mínimo el desprecio que sentía por aquella costurera de poca monta.

-Hola -Saludó Eleanor amistosamente -¿Qué tal?

Éstas no respondieron, sino que mantuvieron el ceño fruncido.

-No sabéis las cosas que he aprendido hoy con sólo leer un libro, ¡Ha sido fascinante…!

-¿Libro?-Escupió Anna entornando los ojos.

-Sí, eso es lo que he dicho, libro- Dijo Eleanor claramente ofendida ante el despectivo comentario de Anna. Sin más miramientos, se marchó.

-¿De qué te sirve un libro?-Preguntó Anna cuando Eleanor ya se había ido-Los libros son para los bichos raros, todo el mundo lo sabe.

Elisabeth hizo un gesto afirmativo, para constar que estaba totalmente de acuerdo con Anna.

                                                                                                                                                                                                                   Will se ajustó la chaqueta y se miró en el reflejo de un cuenco de agua. No parecía él.

-Ven aquí, chico -Le indicó severamente el cocinero -No hables con los que están sentados en la mesa, tú sólo sirves los platos y los recoges de la mesa, nada más ¿Ha quedado claro?

Will asintió algo preocupado. El cocinero se fue con paso decidido y, de pronto, se acercó otro camarero de aspecto amistoso que le dijo:

-Me llamo Rufio, ¿Y tú?

-Yo me llamo Will.

-No deberías hacer caso del todo a Robert, a veces se pone un poco pesado- Dijo éste enseñando una fila de dientes ennegrecidos-De hecho, yo le ofrecí un pastel a uno de los invitados y como recompensa me subieron mucho mi salario…

La mente de Will trabajaba a toda velocidad. Si se ganaba la confianza de los invitados, seguro que tendría para siempre aquel puesto de camarero, y entonces…

Will sonrió enigmáticamente.

                                                                                                                                                                                                         Elisabeth y Anna entraron de forma majestuosa en el comedor, con apenas mobilidad por sus vestidos de estrecha cintura y amplias copas. Observaron que Lady Eleanor seguía llevando aquel repugnante vestido e iba agarrada del brazo de su marido, Leonard, quién en aquellos momentos le susurraba algo al oído, y ella a continuación soltaba una sonora carcajada.

Elisabeth y Anna hicieron caso omiso a aquello y se sentaron una en frente de la otra, conteniendo la ira que sentían hacia la costurera.

                                                                                                                                                                                                                 Will agarró la bandeja que le tendían llena exóticos manjares.

Por fin llegó el momento.

Los camareros salieron en fila de la cocina , y en un disciplinado orden, fueron repartiendo la comida, que ante la tenue luz de de las velas, resultaba exquisita.

Will, al repartir el plato a una joven dama, la dama, ante la perplejidad de él, le agradeció aquel humilde gesto. Will le sonrió, y puso en marcha aquel estupendo plan.

-Gentil dama, ¿No querrá usted algún pastelillo?

Todos los que estaban comiendo en aquellos momentos se atragantaron, unos se llevaron la mano a la boca, sorprendidos ante tal insolencia, otros soltaron una exclamación ahogada, e incluso hubo una señora mayor que se desmayó.

Will no comprendía. Miraba a una lado y otro desconcertado, pues ¿No se suponía que aquello era lo que les gustaba? Mientras él se iba a la cocina a buscar el pastelillo, los murmullos fueron en aumento.

                                                                                                                                                                                                              Elisabeth no daba crédito a aquello. ¿Cómo se atrevía aquel apestoso camarero a hablarle a una noble, aunque esa noble sólo fuera la repelente Eleanor? Anna ya había empezado a murmurar escandalizada y Eleanor, simplemente, se limitaba a esperar con impaciencia el pastelillo. Estaba tardando demasiado aquel camarero sólo para coger aquel pequeño obsequio,… Elisabeth supuso que en el camino habría surgido algo imprevisto…

                                                                                                                                                                                                                        -¡Maldito hijo de tu madre!-Bramó el cocinero con la cara roja como un tomate -¿Te estás riendo de mí, verdad? ¡pues con Robert no se bromea! ¡Te vas a enterar, cuando descargue mi ira sobre ti, serás pasto para los lobos! ¿Qué pasa, eh? Quieres reírte del viejo Robert ¿Eh? -Will dirigió una mirada  a la cocina, y, descubrió con una horrible sensación que Rufio estaba detrás de Robert con una sonrisa maligna dibujada en su curtido rostro.-¡Te vas a enterar! ¡Yo no me ablando con nada!

Robert sacó de sus pantalones un cinturón que presentaba unas duras hebillas de hierro. Will se acurrucó en en suelo, puso sus brazos en torno a sus rodillas, y hundiendo su rostro, deseó que aquella tortura no durara mucho.

                                                                                                                                                                                                                      De repente, Eleanor se levantó algo molesta de su silla. Elisabeth le siguió con la mirada, algo turbada. ¿Qué pretendía hacer ahora Eleanor?

Eleanor se dirigía a paso firme hacia las cocinas. A Elisabeth le picaba la curiosidad y, sin más dilación, también entró en la cocina para enterarse de todo y después comentarlo con Anna.

                                                                                                                                                                                                         Will gimió al notar como aquellas espantosas hebillas le golpeaban una y otra vez, produciéndole un dolor penetrante por todo el cuerpo. Y de pronto paró.
Will oyó una voz de mujer muy enfurecida:

-¡Bastardo! ¡Vuelve a tocar a este muchacho, y yo misma me encargaré de dejar que una tropa de soldados te aniquile!

Will levantó la cabeza y vio a la misma mujer a la que le había ofrecido el pastelillo. Estaba sumamente agradecido. Temblorosamente Will se levantó y cogió de la mesa un pastelillo y se lo entregó a la mujer, a quién se le habían empañado los ojos en lágrimas.

Will oyó un ruido de la puerta, y giró su cabeza en aquella dirección. Allí vio a una muchacha conocida… juraría haberla visto alguna vez… entonces la reconoció: era la bonita muchacha del bosque.
Con desconcierto comprobó que Elisabeth no lo había reconocido .

Con todas aquellas emociones todavía a flor de piel, y con aquellas dolorosas punzadas que sentía en el costado, Will perdió el sentido.

                                                                                                                                                                                                             Marta Echániz

Diga sus palabras